
Por Odette Elena Ramos Colás
Santiago
de Cuba, 4 jun.— Muchas han sido las lecciones que dejó la
implementación de la Operación Salud en Santiago de Cuba. Por un lado,
permitió reafirmar la idea de que en la unión está la fuerza; y por
otro, posibilitó la puesta en marcha de iniciativas novedosas en pro del
bienestar general, y en particular, con el fin de eliminar al Aedes
aegypti.
Precisamente, una de las buenas
experiencias que combinó en el trabajo cohesión e iniciativa fue, sin
dudas, “Juntos Podemos”, una brigada de niños y adolescentes liderada
por la Dra. de la familia María de los Ángeles Molina, del consultorio
#12, ubicado en Micro 2, reparto Abel Santamaría. Que hablen los
protagonistas:
“La llamada estrategia contra el mosquito,
representó para los profesionales de la salud pública un gran aprieto.
Teníamos que comenzar a trabajar y terminar con el vector en tiempo
récord para evitar que siguiera la transmisión de dengue, y para que no
llegara y se propagara en el territorio el virus del zika.
“Entonces,
un día mientras bajaba la lomita de micro 3, pensé en crear un pequeño
ejército con mis niños de la comunidad. Cuando llegué a la casa, que
está arriba del consultorio, decidí empezarlos a llamar. Les dije que
teníamos que trabajar todos por la salud de todos y que necesitaba su
ayuda porque sola no iba a poder. Hice un pequeño listado y empezamos
con esa tarea de forma inmediata.
“El trabajo comunitario es muy
importante, ya yo llevo 28 años aquí en la zona y he tenido una ayuda
enorme. A mí me oyen mucho mis pacientes, porque

independientemente de los años, la relación que he establecido con ellos es casi familiar. Por eso pude contar con su apoyo.
“Recuerdo
que empezamos con alrededor de 18 niños y llegamos a tener 44.
Trabajábamos hasta muy tarde en la noche, después de que yo bajaba del
puesto de mando, cinco o seis de la tarde, algunas veces hasta las
siete; pero así se hizo el trabajo en un breve tiempo”, explicó la Dra.
María, como le llaman los vecinos.
“Primero, nos mandaron a
recoger pomitos de refresco que teníamos que lavar, luego en el
consultorio con la ayuda del esposo de la doctora creamos ponchadores
para abrirles los hoyitos, le echábamos el abate y los repartíamos. Eso
los hacíamos casi todos los días: los fines de semana por la mañana, y
los días de escuela por la tarde”, dijo Rudisnel
Maikel Torres
de 13 años, alumno de la Secundaria Básica (S/B) José Dessi, comentó
también: “Nosotros en este tiempo también preguntábamos a las personas
en las casas si se sentían enfermos, si alguien tenía diarrea, vómitos o
fiebre, si ya tenían el abate en los tanques. Además, hicimos guardia
vieja alrededor de los edificios y lo hemos pasado bien”.
Por
otra parte, Katerine Urgellés Adame de la misma edad, pero de la S/B
Abel Santamaría, expresó: “Nosotros hacemos pesquisaje, damos
orientaciones sobre los mosquitos, avisábamos cuando iba el fumigador,
repartíamos unos papelitos por casas, para que las personas vieran la
información sobre el Aedes aegypti, y como evitarlo…
“Y cada vez
que veíamos alguna casa que no tenía los contenedores, se los dábamos
para que los pusieran en los tanques y todos los días los revisábamos.
Creo que lo que hicimos fue muy bueno porque le sirvió a la comunidad
para aprender mejor cómo cuidarnos y para evitar que ocurran
enfermedades”.
Mientras que Milenis Rodríguez Montenegro de solo
cinco añitos, quien dijo no tener escuela todavía, afirmó: “Yo también
iba por las casas y repartía pomitos, y entregábamos papelitos, decíamos
que pusieran su nombre y la firma, preguntábamos cuantos tanques
tienen, si hay abate… Me gustó mucho, y me dieron un brazalete”.
Al
respecto, la doctora María de los Ángeles, argumentó: “La idea de los
brazaletes surgió porque yo tenía que provocar en ellos el deseo de
trabajar. Hablé con una amiga de la comunidad y allí se empezaron a
hacer: blancos y con una cruz roja, para incentivarlos y que se
sintieran realmente parte de todo este proceso, y a ellos les encantó la
idea.
“Fueron casi tres meses, llevando a cabo esta tarea, y no
es fácil mantener una tropa de niños y adolescentes durante tanto
tiempo, y lograr que vengan de forma obediente incluso los fines de
semana. Por eso los organizamos en equipos, los más grandecitos eran
dueños de los más pequeños, porque me percaté de que, a pesar de su
corta edad, estos últimos también podían hacer mucho.
“Creamos
volantes y otros mecanismos para que ellos pudieran explicar todo a la
comunidad. Por equipos les daba las advertencias sanitarias, les
organizamos el trabajo. A los grandes los ponía a dar charlas educativas
y los chiquitos leían las advertencias. Cada día le dábamos la
responsabilidad a uno distinto por cada equipo y se sentían motivados,
porque el niño necesita que le consideren importante.
“No puedo
decir que no pasé mi poquito de trabajo, porque tener dominio de tantos
muchachos de tan diversas edades es difícil, pero lo más importante es
que se hizo el trabajo, y además de bien, me siento muy cómoda con
ellos, porque si algo tienen los niños es que no te exigen nada y te lo
dan todo.
“A veces me preguntaba cuándo hacía las labores de
casa, porque venían y yo estaba consultando, o si los soltaban temprano
en la escuela me iban a buscar para empezar a pesquisar. Yo llegaba
algunas veces muy cansada del puesto de mando, pero qué va, ya los tenía
a todos sentaditos en la escalera, esperándome, casi me obligaban a
trabajar. Me gustó como se dieron las cosas y estoy segura de que esta
no va a ser la última tarea que se les dé a ellos”.
“El trabajo
además de ser bueno, fue muy educativo fundamentalmente para las nuevas
generaciones, porque ya desde pequeños conocen respecto a la existencia
de un mosquito que quiere acabar con el mundo, van adquiriendo
conciencia y te explican cómo se deben hacer las cosas con su manera
sencilla de decir. En la casa ellos se ponen también a mirar si hay
algún mosquito, y empiezan a insistir en que hay que revisar los
tanques”, dijo Gladis María Ibarra Veranes, abuela de Milenis.
Mercedes
Cutiño, abuela de Katerine, también expuso sus ideas: “Este proyecto de
la doctora ha sido muy inteligente, y digo esto, porque ocupa a los
niños en una actividad productiva en sus ratos libres, los sensibiliza y
los enseña desde que hay que desbaratar una cáscara de huevo, hasta la
necesidad de hacer el autofocal; los prepara para estar en la comunidad,
y para tratar con las personas y vecinos de la zona.
“Pero
además de eso, lo que más me gusta es que hace un trabajo
educativo-preventivo. Les habla sobre la pubertad, sobre la higiene que
deben mantener, la actitud y el comportamiento en la comunidad, les
habla del medio ambiente. Ya todo el mundo respeta a los niños, les
abren las puertas, los atienden, les contestan, los escuchan… porque
realmente lo hacen muy bien”.
Queda todavía mucho por decir sobre
la labor maravillosa de la Dra. María y su tropa, pero con sus propias
palabras lo más importante es que “no tuvimos casos ingresados, y no
creo que sea factor suerte, pienso que es factor trabajo. Por eso les
agradezco mucho a ellos, porque su ayuda fue invaluable en esta tarea”.
Sea
pues este trabajo, un reconocimiento a la labor de los técnicos y
profesionales de la salud vinculados a este consultorio,
fundamentalmente a la Dra. María de los Ángeles y a su destacamento
“Juntos podemos”. Ojalá que esta experiencia sirva de ejemplo a otras
comunidades santiagueras y de todo el país.