Han transcurrido 120 años de aquella mañana del 27 de
mayo de MIL 895, cuando el rústico ataúd de madera que contenía los
restos mortales de José Martí Pérez, fue depositado en el nicho 134 de
la galería sur, un área reservada para los pobres, en el cementerio
Santa Ifigenia de Santiago de Cuba.
Dolorosa ceremonia que se efectuaba ocho
días después de la caída en combate del Apóstol, en una necrópolis
rodeada por un batallón de soldados colonialistas y con la sola
presencia de altos militares españoles y unos pocos cubanos, entre
ellos, Antonio Bravo Correoso y Joaquín Castillo Duany que habían
solicitado a las autoridades identificar el cadáver de Martí, lo que
hicieron poco antes del enterramiento.
Llegada la hora de la ceremonia, el Coronel Ximénez de Sandoval, quien dirigió el combate de Dos Ríos, preguntó dos veces si había entre los presentes algún amigo pariente o conocido de Martí que quisiera despedir el duelo y como nadie aceptó la encomienda, él ismo asumió la tarea.
Fue breve Sandoval suplicando a los presentes que no viesen a en Martí al enemigo, sino al cadáver del hombre que las luchas de la política colocaron ante los soldados españoles.
Sin embargo, esa actitud de Ximénez de Sandoval contrasta con la comunicación que después del entierro del Apóstol en Remanganagua cursó al general Azcarraga, Gobernador Militar de Oriente en la que se felicitaba porque “gracias a la protección de Dios sus tropas dieron muerte en Dos Ríos al agitador y propagandita incansable Don José Martí.
El historiador Rolando Rodríguez en su libro Dos Ríos, a caballo y con el sol en la frente, considera que el cambio de actitud de Sandoval se debió a su condición de Masón, como lo era también Martí. Este propio General español, años después declinaría el marquesado de Dos Ríos, porque “ese combate no fue una victoria; allí murió el genio más grande que ha nacido en América”.
Los restos de José Martí se mantuvieron en el nicho 134 de la galería sur de la necrópolis santiaguera hasta MIL 907 y desde ese año hasta MIL 951 estuvieron en otros dos sitios de ese camposanto, hasta el 30 de junio de ese año en que después de un entierro cubano con la participación del pueblo indómito se colocaron en el actual mausoleo.
En ese lugar sagrado reza un pensamiento del Generalísimo Máximo Gómez donde señala: “Descansa en paz compatriota y amigo querido (…) bajo el cielo azul de la patria no hay una tumba más gloriosa que la tuya”
Llegada la hora de la ceremonia, el Coronel Ximénez de Sandoval, quien dirigió el combate de Dos Ríos, preguntó dos veces si había entre los presentes algún amigo pariente o conocido de Martí que quisiera despedir el duelo y como nadie aceptó la encomienda, él ismo asumió la tarea.
Fue breve Sandoval suplicando a los presentes que no viesen a en Martí al enemigo, sino al cadáver del hombre que las luchas de la política colocaron ante los soldados españoles.
Sin embargo, esa actitud de Ximénez de Sandoval contrasta con la comunicación que después del entierro del Apóstol en Remanganagua cursó al general Azcarraga, Gobernador Militar de Oriente en la que se felicitaba porque “gracias a la protección de Dios sus tropas dieron muerte en Dos Ríos al agitador y propagandita incansable Don José Martí.
El historiador Rolando Rodríguez en su libro Dos Ríos, a caballo y con el sol en la frente, considera que el cambio de actitud de Sandoval se debió a su condición de Masón, como lo era también Martí. Este propio General español, años después declinaría el marquesado de Dos Ríos, porque “ese combate no fue una victoria; allí murió el genio más grande que ha nacido en América”.
Los restos de José Martí se mantuvieron en el nicho 134 de la galería sur de la necrópolis santiaguera hasta MIL 907 y desde ese año hasta MIL 951 estuvieron en otros dos sitios de ese camposanto, hasta el 30 de junio de ese año en que después de un entierro cubano con la participación del pueblo indómito se colocaron en el actual mausoleo.
En ese lugar sagrado reza un pensamiento del Generalísimo Máximo Gómez donde señala: “Descansa en paz compatriota y amigo querido (…) bajo el cielo azul de la patria no hay una tumba más gloriosa que la tuya”
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