Es
Santiago de Cuba una ciudad rica en cuanto a danzas se refiere. Pero
esta tiene una ancestral historia que se remonta a siglos atrás.
Por Dayron Chang Arranz
Santiago de Cuba, 11 oct.— Santiago es
la ciudad que arranca tradiciones en movimientos y posturas. De
elementos europeos y afrocaribeños se nutre una villa calificada por el
maestro Ramiro Guerra como la urbe de las danzas amulatadas.
El
carnaval santiaguero se convierte entonces en esa ruta central de
sudores, leyendas y aromas de zapateos. Es en esta tierra donde se
empieza a nutrir la danza actual por dos vías, la danza folclórica y la
danza clásica o moderna, y es precisamente esta mezcla la característica
que haría única a la región en el desarrollo de estilos, formas y
temas.
Por tanto es el carnaval santiaguero -para el historiador
del teatro santiaguero Pascual Díaz- el espectáculo danzario de mayor
arraigo en la cultura popular de esta tierra. No obstante ya desde 1520
se tiene noticia de una danza de arcos, gesto primigenio de este arte en
la capital caribeña.

En
el caso de la danza folclórica –abunda Pascual- tiene un extenso y
profundo trayecto vinculado sobre todo a la descendencia de los
africanos en nuestro país y algo particular santiaguero que es la Tumba
Francesa, declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Por
otro lado sobreviven al tiempo los cabildos Carabalí Izuama y Olugo,
comuna cultural donde cohabitan aún los ritmos, toques y movimientos que
aportó el continente negro a esta isla de sincretismos y mezcolanza.
Tras
un largo proceso de transculturación serían estas las danzas que
sustentarían el movimiento danzario profesional y aficionado de Santiago
de Cuba, iniciado en 1959 con la creación del Conjunto Folclórico de
Oriente, primero de su tipo en Cuba.
Es de está simbiosis de
donde se derivan luego el Cutumba, Kokoye, Ballet Folclórico de Oriente y
otros aficionados como el Guillermón Moncada, Abolengo, Kazumbi, 3 de
diciembre, entre otros.
Pero la característica más interesante de
la danza santiaguera está en esa mezcla que logra un equilibrio entre
la danza moderna y folclórica. Esa sui generis proyección universal del
arte del movimiento corporal se visualizaría en la Compañía Teatro de la
Danza del Caribe bajo la dirección del Premio Nacional de la Danza,
Eduardo Rivero Walker.

Es
con las ideas de este aprendiz cercano a Ramiro Guerra cuando el
espíritu africano y caribeño se mantienen al margen de la técnica, para
permitirle al talento desnudo vestirse de puros toques de tambor.
Hablamos de un ser que estudió como nadie la geografía espiritual y
gestual del africano para darle arte en la fisonomía de noveles artistas
formados en su propia escuela. Nadie mejor que Eduardo, bailarín
rebelde que estremeció las tablas con su imponente Changó para hacer
trascender el rito de la tumba, esa alegría con un inexplicable toque
escalofriante, los raros tambores preñados de ecos, el compás heredado
de la seguramente amarga esclavitud de los abuelos. África en un trance
gestual que solo él pudo atrapar en el cuerpo.
Otra de las piezas
importantes fue aquella realizada en 1961 con la combinación del primer
actor de Raúl Pomares y Manuel Márquez. En ella se fusiona un patakin
de puro origen africano con elementos de la contemporaneidad, pero sobre
todo del teatro.
Danzas de ida y vuelta como la zarabanda, el
complejo de la rumba, acentos europeos, quizás un guiño de todos los
continentes fueron salvados gracias a la labor coreográfica de los más
diversos creadores de la escena. Entre ellos las tablas recuerdan aún a
Antonio Pérez Martínez, Director del folclórico que concibiera Yemayá y
el pescador o El pájaro en la ceiba.
Ernesto Armiñan, gestor
principal del espectáculo Viaje al Caribe del Cabaret Tropicana
Santiago, Juan Teodoro Florentino con Corazón Arará, Idalberto Bandera,
gestor del Cutumba, que obtuviera el Premio Villanueva de la Crítica con
Sagaloas; todos ellos llevan una impronta que calzan la heterogeneidad
creativa y cultural de una ciudad con mixturas diversas.
Santiago sobre puntasClaro
que las tablas no se conformarían con sonidos percutidos a punto de
reventar. Necesitarían también vivencias trenzadas en firmes zapatillas.

Así
surge el 20 de octubre de 1990 el Ballet Santiago, un viejo anhelo de
la ciudad que resume el gusto y el amor hacia la danza clásica infundado
quién sabe si por las múltiples ocasiones que la prima ballerina
abssoluta se presentó en el legendario Teatro Oriente o a lo mejor por
ese espíritu que dejó atrás su insigne maestro hoy sepultado en el
Cementerio Patrimonial de Santa Ifigenia.
Ya existían las
escuelas de pro Arte musical fundadas por Yavorski –comenta la directora
actual de la compañía Zuria Salmon- y tras el triunfo de la revolución
se funda la Escuela Provincial de Ballet en la antigua Casa del 30 de
noviembre.
Jóvenes talentos graduados en la Escuela Nacional de Ballet conforman hoy la compañía con 25 años de fundada.
Durante la última visita de Alicia Alonso, la prima ballerina
reconoció los aportes de esta institución a la vida cultural de Santiago
de Cuba y confirmó a esta tierra como un sitial imprescindible del arte
del cuerpo pues basta ver al santiaguero para confirmar lo danzario en
el ir y venir de los habitantes de la isla.
Ante tantos
movimientos es de suponer que la danza santiaguera tiene demasiados
actos o patakines como para encerrarla en tan pocos acápites.
Por
eso los misterios aparentemente develados muestran la historia de un
arte que se renueva a sí misma en cada frase, con cada ritmo, en cada
leyenda.