Tejer es un acto que se transmite, se aprende o se trae en la sangre. Las abuelas enseñan a las nietas, las introducen en un mundo de deidades. Pero nunca es demasiado viejo el cuerpo humano cuando el alma, llena de esencias juveniles, esta dispuesta a conocer algo nuevo cada día. Impulso incontenido en 96 alumnas del Quitrín Santiago de Cuba, mujeres todas, que graduadas en diferentes cursos asombraran al mundo con sus manualidades.
Los cursos, tan variados como las especialidades que existen en este mundo de la artesanía, abarcan la muñequería, verdadera fuente de alegría para los niños; el crochet, indescriptible mundo de preciosidades; hasta el macramé que demanda excesiva concentración con aparatos nunca creados por las mentes más audaces. El deshilado, el bordado o el lacré, verdadero tesoro del reciclaje, todo estudiado por estas 96 mujeres que cual abejas disfrutan recrear la dulzura de una mirada, el vuelo caprichoso de una mariposa o las increíbles ondulaciones del mar.

Aracné y Penélope, dos mujeres involucradas en épicas historias, hacían nacer de sus manos bellezas sutiles capaces de despertar arrolladoras ambiciones. En sus manos, del fruto de su creación dependían imperios o se decidían maldades. El tejido y su sentido de la igualdad, de la exactitud, cubren el frío de un recién nacido, ocultan el error de un carpintero o cubren la belleza del cuerpo femenino.
Cada puntada esconde un secreto, un pensamiento un sueño anhelado. Cuando la creación comienza a crecer en las manos, la calma y la tormenta se desatan. Es el desespero por finalizar, por ver una estructura totalmente equilibrada. La unión de cadenetas, puntos locos, conchas marinas o vivianas, describen la imaginación humana.
La alegría que una misma se incorpora y el efecto de sentirse útil son terapias directas para, desde cualquier perspectiva, llegar a la cúspide de la creación humana.
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