Por María Elena López Jimenes
Santiago
de Cuba, 14 jun.— A Enrique Bonne no le gustan los homenajes. El porqué
es un enigma que él solo lo puede descifrar pero sucede que son 90 años
de vida, de ser un santiaguero todo carisma, personalidad en la cubana
y en particular, la santiaguera.
En
la semana de la cultura santiaguera le están festejando su onomástico,
en su residencia del reparto Sueño. Allí se se encuentra con su penca
criolla de yarey que rememora el caminar despacio en calles y avenidas,
el tiempo de Carnaval, cuando presidía la comisión organizadora de la
fiesta mayor de la ciudad, y también ¿ por qué no?, frente a sus
tambores, agrupación que suena con la cubanía-muestra de su fundador.
Con
su andar parsimonioso , hombre callado, que lleva el ritmo cubano en la
sangre, ama a su terruño de forma íntima y afirma que nació en una de
las intersecciones más populares del poblado santiaguero de San Luis, en
la calle Céspedes, casi esquina a Calixto García, y la fecha marcaba
el 15 de junio de 1926. Su madre, Engracia Castillo Griñán, era graduada
del Conservatorio Orbón y representante de este en San Luis y Palma
Soriano, y así el niño se movió desde temprano en una atmósfera musical.
Su padre era trabajador azucarero y la familia se trasladaba
constantemente en busca de mejores condiciones, hasta radicarse
finalmente en Santiago de Cuba en 1947.
Inició su carrera como
autor musical en 1950 y en 1951 se hace la primera grabación de su
música con el chachachá “Italian Boy” por René del Mar y su conjunto, de
Santiago de Cuba y la Orquesta Hermanos Castro de La Habana. Luego
viene el “chachachá de la Reina” interpretado
por pacho Alonso, inicio de un binomio artístico, que funcionó hasta la
muerte del también famoso cantante santiaguero, quien distinguió la
autoría de Bonne.
De esta manera se deja anotado en la historia:
La alianza Bonne-Alonso constituye todo un capítulo en el arte musical
cubano. Una química especial funcionó entre autor e intérprete, una
polea transmisora permanente. Uno tuvo la capacidad de sintetizar la
idiosincrasia cubana y trascenderla, de escoger al intérprete más
carismático. El otro, supo respirar el aliento contenido en aquellas
formas expresivas y proyectarlo hacia la fama. Nunca hubo servidumbre.
Fue una recíproca alimentación, una confianza profesional que alimentó
una misma llama.
Y
la añoranza del pilón no puede faltar, ritmo que la juventud de los
años 60, bailaba hasta el cansancio, se lo debemos a él. Cubanísimo,
ganó la preferencia de los bailadores. Escribió sobre este
acontecimiento el periodista Reynaldo Cedeño que bajaba y subía el
madero, chocaba contra el tronco. Los granos de café iban soltando la
melaza. Volvían en renuevo el proceso, las manos se juntaban, la cintura
se arqueaba. Tres golpes primero, luego dos. En San Antonio del Piloto,
Mayarí, serranía del Oriente de Cuba, se reiteraba la escena. Enrique
Bonne, mente siempre alerta, captó los sonidos en el aire, interpretó su
atmósfera, trazó el andamiaje musical y los hizo trascender al
pentagrama. Surgía el ritmo pilón…
“No quiero piedra en mi
camino, Que me digan feo, A cualquiera se le muere un tío, Pepe
cabecita, Billy the kid , Si me faltara el carnaval y Yo no me lo robé
vigilante”, están en la memoria de joyas del arte cubano y sus boleros
marcan pautas, entre tantos títulos, se diferencian “Quiero a alguien
como tú, Poco a poco, Perdone usted, Raro poder, Dame la mano y
caminemos”.
“Enrique Bonne y sus tambores”, es reconocido en
conciertos en varias provincias del país y en actuaciones en los
carnavales de Guantánamo Santiago de Cuba, San Luis, Holguín, Banes,
Camagüey, Santa Clara, Varadero (por 11 años) y La Habana…
En su trayectoria ha recibido numerosas condecoraciones entre las que se encuentran la Distinción por la Cultura Nacional, las
medallas Jesús Menéndez de la CTC y Alejo Carpentier, las placas José
María Heredia, Unidad de Oriente, ICRT y el Sello de Laureado. Es
Miembro de Mérito de la UNEAC y ha sido, en varias ocasiones, jurado de
los concursos de música popular Adolfo Guzmán y Eduardo Saborit…
Y
con sus 90 años, el maestro se asume en el acervo santiaguero, ni más
ni menos, es patriarca amado de toda Cuba. Sus huellas se divisan en
cada sitio de la ciudad protagonista de páginas imperecederas que entran
sin lugar a dudas en la historia de los boleros de Oro. Bonne, como
testimonio de estos andares, bien lo dice cuando recalca “dame la mano y
caminemos”...suenan las campanas de la iglesia, y usted volverá a
pasar…”